Cuando llevas una luz muy potente al medio del monte, lo más normal es que empiecen a pulular estos pequeños bichillos alrededor de los focos. Pero es una invasión en toda regla. Nada más placentero que sacarte una polilla del bolsillo y descubrir que su tacto es como el de un globo a medio hinchar. Que lo aprietas un poco y..puaj.

Pero bueno. A lo que iba. Es triste ser una polilla, pero es poético. Imagínate que eres una, viviendo en tu arbolito de 35 metros cuadrados, intentando sacar significado de tu existencia como lepidóptero (gracias wikipedia, es lo único que me quedó claro), jarta de esquivar coches y ponerte ciega de miel o lo que encuentres, incubando verdaderos capullos que nunca te agradecerán nada, que nunca te dirán “gracias, mami, por el bocata de papel, no, en serio, gracias”. Triste en tu revolotear, que no sabes si vienes o vas, sonando las valquirias cada vez que un estúpido humano la emprende contigo a manotazos sólo porque existes… es jodido. Y en medio de las tinieblas, una noche aparece La Luz. ¡¡Por fin!! No sabes lo que es, pero sabes que es la respuesta. Todo está ahí. Y tú,como todas tus vecinas, te lanzas a la búsqueda de la verdad. Empiezas a acercarte irremediablemente atraída, una pequeña aproximación y ves que el calor que necesitas está ahí, otra pequeña pasada y el calor se vuelve terrible, ¡no! ¿Por qué?

Porque eres tonta, te vas a quemar y no lo sabes. Pero sigues. Oh, La Luz. ¡Tienes que alcanzarla! ¡Acércate más, vale la pena! ¡Diossssss! ¡No puedo, arde! ¡Pero sé que tengo que ir, me hipnotiza! ¡No puede ser que haga tanto daño, es La Luz! Pero te acercas tanto que tus alas piden papas y gritando mei dei, mei dei, tienes que hacer un aterrizaje forzoso.

¿Quién es el monstruo verde que me mira desde allí arriba? ¿Por qué acerca tanto sus patas hacia mí? Intentaré alejarme un poco, ay, así será suficiente. ¡Déjame, no me pises! ¿Te estás cachondeando? ¿No ves cómo sufro?

¡No, se va La Luz! ¿A dónde la llevais, monstruos? Tengo que alcanzarla… ahora que sé que existe… Y reuniendo fuerzas del calorcito del aglomerado te levantas en el que será tu último vuelo. El viento revuelve tus antenas y sabes que cuando llegues a casa tendrás que gastar mucha espuma para dejarlas como estaban, con el rollito peinás-despeinás que tanto te mola, pero saber que en estas situaciones puedes volar tan rápido te hace feliz, y vuelas aún más rápido, tanto que enseguida llegas a La Luz, que vuelve a estar ahí estática, esperándo por tí. La pasas, das media vuelta ahí en el aire, donde está toda la libertad que conoces y te lanzas a toda ostia hacia la maravilla de lo desconocido. No importa el calor, no importa el dolor, es la gracia de lo blanco que todo lo ciega, pones cara de estreñida y te acercas hasta donde ya nada importa.

La pobre comienza a caer en una lenta espiral, hasta perderse en la oscuridad del suelo.

Y mirando estas historias de valor y superación es como me entretengo yo en el trabajo. Otro día cuento lo de hacer fogatas en la playa y ver las pulgas saltar al fuego. Pero bueno, moita diferencia non hai.