Que dice el Grungie que lo mío es actualizar una vez a la semana y gracias. Que ya ponerme a escribir una vez al día ni pensarlo. Pos toma, éste es el segundo post de hoy. Te lo dedico.

“… El bus hizo una parada. Subió una mujer cargada con regalos, seguida por un chico con jersey con capucha, hablando por el móvil. La señora se sentó delante y el chico dos filas por delante de la chica. Con el móvil pegado a la oreja, aunque sin hablar. Por su cara parecía estar recibiendo la bronca del siglo. Rubén miró por su ventana, distraído. Una pena no tener más tiempo para disfrutar la ciudad. En ese momento, de noche y con la nieve, era preciosa. Pero recordó porqué no iba más veces. Primero, porque era, decían, donde estaba la sede de los comandos. Segundo porque su relación con su hermana no era la mejor desde que, tercero, había dejado tirada a Raquel allí mismo, en su casa. Los remordimientos que siempre sintió venían más por las formas que por haberla dejado. Los tres eran felices en casa de Caro y él simplemente se había marchado. Su hermana fue la que tuvo que dar la cara por él, y Raquel al final volvió a su ciudad llena de dolor y vergüenza.

Mientras se ruborizaba al recordarlo, un chispazo recorrió su cerebro:
-Pero no es culpa mía si marchó del hotel. No, ahora iré a casa de su hermana.
“Más claro, agua”, pensó Rubén. La mano le sudaba contra la pistola. Rezaba porque el chaval no se girase y lo descubriera. En cambio se giró la chica.
-Ya hemos llegado. Es la siguiente.
El bus corría por encima del puente. Rubén se levantó.
-Gracias, hasta luego.
-De nada, hasta luego –contestó ella sonriendo.
-Bueno, ya estoy llegando, te llamo más tarde –dijo el chico mientras pasaba por encima del asiento del pasillo.
Rubén por un momento pensó en bajarse en la siguiente parada, pero de nada serviría si el otro llegaba antes. Llegó a la altura del chico al mismo tiempo que se levantaba en el pasillo, y lo dejó pasar. Él lo miró un momento.
-Gracias –dijo mientras empezaba a caminar hacia la puerta. Allí le dio al timbre.
Rubén no sabía qué hacer. Seguramente aquel chico sólo iba a buscar a algún conocido. O el ridículo bigote lo había engañado. De todos modos Rubén se mantuvo detrás del chaval. Miró por un momento a la chica, ella le devolvía la mirada, arqueó las cejas y asintió con la cabeza…
-Perdona… –dijo el chico mientras a Rubén le daba un vuelco el corazón. Se giró lentamente.
-Dime –contestó Rubén agarrando firmemente la pistola. Miró por encima del hombro del otro. Por el parabrisas vio que tras unos doscientos metros terminaba el puente, y aparecía la fachada de la estación. Y el edificio de Caro al otro lado. El chaval no dijo nada más. Sudaba pese al frío. Rubén se rio por dentro. Ese crío no era ninguna amenaza. Seguramente le rompería el cuello con un puñetazo bien dado. Rubén dejó escapar una sonrisa y sacó las manos de los bolsillos.
-Pero vamos a ver, chaval…
La cara del chico ardía. Apretó los labios, se separó a un metro de Rubén y sin disimulo sacó una pistola de los bolsillos de la sudadera. Rubén se giró al escuchar un pequeño grito. La chica los miraba con los ojos como platos y tapándose la boca con una mano. La señora de los regalos dejó de mirar por la ventana, observó a Rubén y al chico y se puso pálida. Rubén vio por el rabillo del ojo que el chico estaba a la distancia perfecta. No le daba tiempo a sacar la pistola, pero echó el puño hacia atrás y lo devolvió hacia delante con tanta rapidez que creyó que se le iba a romper la espalda mientras giraba. Al momento crujió su mano contra la nariz del otro, que cayó y perdió la pistola entre los escalones de la puerta del bus. El conductor dio un bandazo al volante mientras miraba por el retrovisor.
-¡Eh, me cago en Dios! ¿Qué pasa ahí atrás?
Más bandazos mientras miraba y conducía. Rubén se agachó al lado del chico.
-Vas a decir a tus jefes que al siguiente que me manden lo mato, ¿entendido?
-¡Que te den por culo!
Rubén le dio una palmada en la nariz llena de sangre. El otro gritó. El conductor también, mientras intentaba ver algo. Más bandazos.
-¡Que te follen, hijo de puta!
Rubén empezó a estrangular al chico. Éste se retorció por el suelo como pudo, moviendo sus manos a toda velocidad intentando apartar las de Rubén. Rubén cesó.
-¿Ahora me has entendido?
El otro no dijo nada. Rubén intentó levantarlo del suelo mientras el chico forcejeaba, se agarraba a las barras que anclaban los asientos, al abrigo de Rubén…
-Vamos a buscar a mi hermana, como nos estén esperando o ella esté muerta, bajarás los seis pisos por aire.
El otro se revolvía contra Rubén, que lo tenía bien agarrado por el cuello. Sonó un disparo. El abrigo de Rubén estaba humeando y la señora de los regalos tenía un agujero en la cara. Las manos del chico habían encontrado la pistola y tiraban por sacarla del abrigo de Rubén.
-¡¡Me cago en Dios!!- gritó el conductor mientras el autobús frenaba en seco y mandaba a todos hacia delante. Rubén resbaló por el pasillo de espaldas, el chico quedó atascado en el suelo entre los asientos. En dos segundos un coche embistió al autobús por detrás y Rubén, mientras notaba cómo el autobús se levantaba y giraba metiéndose en el otro carril, vio a la chica golpearse contra el cristal de atrás y caer en los asientos. Las ruedas del autobús tocaron suelo y se ladeó hacia la derecha. Rubén giró sobre sí mismo para levantarse y la cara se le iluminó con los faros de un camión que venía de frente. El conductor giró completamente el volante hacia la derecha y ahora el autobús se ladeó hacia el lado contrario mientras volvía a su carril. Rubén vio cómo esquivaban el camión, pero encogió las piernas y cerró los ojos pensando que golpearía el autobús por la mitad. Escuchó ruido de hierro contra hierro, el autobús frenó ligeramente, volvió a escuchar un estruendo que venía de delante y notó que se le separaba el cuerpo del suelo. Habían roto las vallas de la acera y el muro del puente y caían al río. Sus costillas crujieron cuando el autobús golpeó el agua, que entró en tromba cuando las puertas cedieron. El autobús se ladeó hacia arriba y quedó inclinado 45 grados. Las ruedas delanteras estaban tocando la orilla del río. Durante unos segundos Rubén fue incapaz de moverse. El agua giraba a toda velocidad alrededor de sus piernas. Escuchó a la anciana gritar, a nadie más. El autobús subía y bajaba sobre su lado derecho. Iba a volcar por la fuerza del agua. Rubén se incorporó a toda velocidad. Las farolas iluminaban a la anciana, que estaba de pie y tiraba de su marido para levantarlo del suelo. El conductor se retorcía de dolor contra el volante. Rubén se giró. La parte de atrás estaba negra e inundada. El lado derecho seguía subiendo y bajando.

Se zambulló en el agua helada. El abrigo era un estorbo y no veía nada. Fue palpando entre las barras y los asientos, ayudándose para llegar al final. Tocó un cuerpo pesado que subía, pero sin vida. Lo dejó seguir mientras intentaba llegar al fondo. Llegó, buscó con las manos, pero el frío era realmente doloroso y no encontraba nada. Media vuelta. Otra vez ayudándose con los asientos salió a la superficie. Arriba sólo quedaban la anciana y el conductor, que estaban saliendo hacia la orilla. El cadáver lo golpeaba por culpa del agua. Empezó a tocarlo y por el pelo corto supo que era el chico. Rubén escaló un par de asientos, estiró los brazos hacia el cadáver e intentó levantarlo. Con la ropa mojada pesaba demasiado, era imposible. Miró hacia arriba, ya no quedaba nadie. Se sacó el abrigo, salió al pasillo y resbaló hacia el agua. Empujó el cadáver a un lado, tomó aire y buceó. Se ayudó con el fondo de los asientos, mientras dejaba que su pecho fuera rozando el suelo. Le extrañó no encontrar a la señora, pero pensó que quizás había salido despedida por culpa de algún remolino cuando el agua entró por la puerta. Tocó un libro, siguió bajando y tocó su pelo. Buscó su cabeza pero el pelo había desaparecido. Nervioso movió las manos por todo el fondo hasta que dio con su cara. Bajó las manos hasta los hombros y las metió por las axilas. Subió con ella. Una vez que asomó la cabeza fuera del agua la apoyó en una barra, aseguró los pies, la rodeó por el pecho y tiró de ella hacia arriba. La sentó como pudo en el primer asiento que estaba en la superficie y él subió a su lado. La zarandeó, y notó la pastosidad de la sangre en sus dedos. Puso una mano en su cuello.
-¡Eh!¿Estás bien?
Rubén miró hacia arriba, donde un tipo se agarraba a la puerta e intentaba entrar desde la orilla, pero el bus bailaba demasiado.
-¡Sí, pero ella no! ¡Ayúdame a sacarla!
El bus se levantó y el tipo desapareció. El bus volvió a caer. Rubén se quedó esperando sin perder de vista la puerta. Empezó a pensar. Tenía que desaparecer, tenía que morirse. Si el tipo volvía a entrar y conseguían salvarla… el tipo entró saltando, resbaló y acabó tirado contra el asiento del conductor. Al momento se puso de pie y más rápido de lo que Rubén podría imaginarse bajó agarrándose a los asientos hasta llegar a su lado. Miró al cadáver del chico.
-¡No, él está muerto! ¡A ella la saqué del fondo, pero sigue viva!
Rubén se apartó, entre los dos tiraron de sus piernas y la sacaron al pasillo. El tipo la subió a sus hombros y ayudándose con una mano comenzó a subir la cuesta del pasillo agarrándose a los asientos. Rubén lo siguió, se detuvo y recogió su abrigo. El tipo se paró en la puerta y miró a Rubén.
-¡Venga, vamos!
-¡Ayúdame con esto!
Le lanzó el abrigo a la cara, y malamente exageró que se frotaba las manos. El otro se deshizo del abrigo con una mano y con el mismo gesto lo lanzó a la orilla, cogió un poco de impulso y desapareció con la chica. Rubén se giró rápidamente, se dejó resbalar hasta el fondo, luchó contra el agua que entraba por la puerta y salió al río. La corriente lo iba golpeando contra el autobús, que tenía la parte de atrás totalmente sumergida. Vio gente encima del puente mirando hacia la orilla, señalando, gritando. Con las farolas de arriba pudo observar en la orilla a unas diez personas que habían bajado por el paseo y que atendían a los ancianos, el conductor y la chica. Esperó un momento y escondido por la oscuridad observó como el tipo olvidaba a los heridos y miraba sin cesar la puerta por donde había salido, esperando que Rubén apareciera. Parecía que iba a volver a entrar en el bus. Rubén se dejó llevar por encima del techo, pasó por debajo del puente y una vez convencido de que nadie lo había visto, nadó unas decenas de metros hasta salir a la orilla, lejos del accidente.

Ahí fue cuando se dio cuenta. Le dolía tanto el cuello por culpa del frío que tuvo que arrodillarse un momento en la nieve. En el tiempo que le llevó pensarlo se levantó y corrió tan rápido como pudo hacia las escaleras que subían a la calle. Quedarse quieto, mojado como estaba, no era la mejor opción. Al subir a la calle vio que la poca gente que había a esa hora estaba toda en el lado contrario del puente, mirando el accidente. Aún no escuchaba ninguna sirena. Dobló la esquina, corrió por delante de la estación y llegó hasta el portal de Caro. Estaba abierto. En cuanto puso un pie en la oscuridad, el calor le inundó el pecho. El corazón le iba a mil. Despacio y goteando empezó a subir las escaleras…”