Ayer, más o menos a estas horas, el hijo de puta número uno decidió salir de marcha y encherse de copichuelas. A eso de las cinco de la mañana, decidió coger el coche borracho perdido (“no problemo, yo controlo”) y marchar hacia otro bar a emtrompicarse más o a su casa a dormir la mona. No sé si le hacía gracia, o las eses que hacía era porque no tenía ni puta idea de por dónde iba, pero después de tragarse los conos y meterse donde estaban mis compañeros trabajando, Lei no logró esquivarlo y acabó arrastrado 40 metros debajo de su coche. El muy hijo de puta paró y al bajar porque esos del buzo verde fosforito le gritaban, les dijo: “¿Qué pasa?” sin darse cuenta de que Lei seguía debajo.

El hijo de puta número dos no conducía, pero es un hijo de puta igual. Primero, si estaba sereno, por no impedir que el número uno se montara en el coche en ese estado. Segundo, si estaba borracho, por no ver que el primero iba por el mismo camino y no parar de beber él para que alguien controlara, o no convencer al otro de que, ya que había traido el coche, se cortara con la bebida.

Lei es un tío fuerte, ancho y con unos brazos y unos hombros que meten miedo. Toda la grasa que tuvo algún día se le transformó en músculo durante el año pasado. Si hubiera sido un tío flaco a lo mejor estaría muerto, pero sin ese volumen a lo mejor el coche no lo hubiera arrastrado esos 40 metros. De momento está en el hospital, grave, y por mí esos dos hijos de puta bien podían haber encontrado un muro de hormigón 50 metros antes.