Lo del título era por poner algo. Bueno, mientras sigo esperando a que la Persona X me de permiso para escribir la segunda parte del post anterior, si es que algún día me lo da, recupero otra historia que tenía por ahí perdida.
Había una vez cien mil murciélagos metidos en una cueva de 35 metros cuadrados. Y como andaban un poco hartos unos de otros y de tanta nocturnidad, un buen día decidieron convertirse en gaviotas. Sabían que vivía una bruja en el bosque, y fueron los cien mil a visitarla. Pero resulta que la bruja se acojonó al ver tanto murciélago y les tiró ratibrón y los mató a todos.
En el mismo bosque andaba una pareja de erizos, felizmente casada de penalty. Moraban en una madriguerilla a la que llamaban Puercospín Cerrado, elegantemente decorada con cuadros de Sonic. El cabeza de familia, Espinazo, era todo un machote, y su mujer, Espinilla, la más deseada del barrio. Eran la típica pareja de vecinos que son guapos, ricos y con estilo, y a los que siempre les deseas que les pase algo malo, porque eres un envidioso de mierda. Los dos eran negros, muy negros, y el día que nació Espinete, que así le llamaron, el padre no se acababa de creer que le hubiera salido rosa, como el butanero. Espinilla le decía que era normal en los bebés, que ya cambiaría de color con el tiempo.
Pero pasaban los años y Espinete seguía siendo rosa, y Espinazo, el machote entre los machotes, veía como los vecinos y demás gente se reían y murmuraban cuando él pasaba. Así que Espinete nunca encontró amor en su padre. Además había salido enquencle, mu pequeñito, no como papi.
Cuando Espinete se fue haciendo mayor decidió irse de casa, y buscar aventuras. Un día, paseando por el bosque, encontró a una zorra entre el follaje, y se hicieron muy amiguitos. Cada mañana veían salir el sol, paseaban entre las flores, perseguían mariposillas… Al mediodía comían alguna que otra verdurilla, porque matar animales era cruel, se bañaban en el río y se hacían coronas con los capullos de las flores… Al atardecer veían ponerse el sol mientras ella posaba su cabeza sobre los hombros de él, y se contaban historias de países lejanos y exóticos… A la noche, cenaban más verduras y florecillas, y después, follaban como locos.
Y Espinete era feliz lejos del ambiente familiar, porque había encontrado el verdadero amor. Pero un día el príncipe Harry vino montado de rojo sobre un caballo, con una esvástica en el brazo, y un porro en la boca, y disparó a la zorra delante de los ojos de nuestro pobre Espinete. Después la cogió, mientras berreaba como un loco algo así como “I´ve shoot one, I´ve shoot one!” Espinete no supo reaccionar y tuvo que esconderse entre la maleza.
Desde aquel fatídico día, a Espinete sólo lo veíamos tirado en las barras de los bares, pidiendo más y más whisky. Siempre se echaba la culpa por no haber hecho nada por salvar a su amada. Y pasaba las noches llorando en alguna esquina, maldiciendo su vida, la de sus padres y la del príncipe Harry.
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-Jei, maik!
-Jei, llors!
-¿Quieres saber lo último en electrónica, maik?
-No, llors.
-¡Se trata del Orgasmatrón, maik!
-No me interesa, llors.
-Traeme un momento a tu novia, maik.
-Ni lo sueñes, llors.
Y pensaba seguir escribiendo esta chorrada de anuncio, pero se me acabaron las ideas, así que ahí os dejo, coitados imterruptidos.
ESTAMOS LEYENDO: La verdadera historia de cien mil gaviotas que querían ser murciélagos… ¿o era al reves?
Sigamos. Espinete veía como su vida y su salud física y mental quedaban para siempre ligadas a la del príncipe Harry…
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Tipo timbrando en un piso, con micrófono en la mano y cámara grabando.
-Vamos a probar la eficacia de nuestro detergente TRASH ULTRA.
Puerta que se abre y señora que aparece.
-Bueno día. Ay, mi arma, la tele y yo con ehto pelo.
Niño que sale disparado y se abraza a la pierna del tipo.
-¡PAPA!
-Shiquillo, deja en pá ar señó.
-¿No é papá?
Señora metiendo el niño pa dentro.
-No, hijito, no.
Puerta cerrándose.
-¿Cuándo volverá papá?
(Esta es un homenaje (plagio) a una viñeta de Mafalda)
ESTAMOS VIENDO… La historia de dos mil mapaches que querían ser hamburguesas.
Un día apareció un tipo por ahí, rubio, alto y bien presentado. Se llamaba por su nombre, que era el que iba delante de los apellidos. Tenía una extraña afición por meterse talco en la nariz, y un buen día empezó a hablar con Espinete sobre esto y lo otro, y se hicieron compañeros de farra. Una noche conocieron a algo que se hacía llamar Don Pimpón, un tipo enorme, un pesao de narices, que siempre estaba metiéndoles ideas raras a Chemari y a Espinete. La revolución, esto y lo otro. Pero Chemari y el rosa preferían salir de juerga y pasaban de él. Un buen día, llendo de putas, Espinete pilló ladillas, y se tenía que pasar el día despelotado, para que el airecillo le aliviara un poco el picor, y de noche se ponía camisón, para que las ladillas no invadieran las sábanas, porque Espinete sólo tenía un juego de sábanas, en cambio camisones le sobraban. Con el tiempo, una vez curado de las ladillas, no abandonó la costumbre, al igual que un pato al que conoció en un puticlub, que se hacía llamar Donald, que cuando iba por ahí sólo se ponía camiseta, y de noche también se tapaba con el camisón, por que su tío, que era un ávaro de cojones, no le daba más que para un único juego de sábanas. Y si de día no se sacaba la camiseta, era porque tenía complejo de tetudo.
A Espinete al principio le daba igual su cuerpo y el rollo este de cuidarse y tal y cual, pero tenía una idea en mente, y para llevarla a cabo, tenía que comer muchos petisuis.
Le dijeron que empezara a hacer pesas, así que pilló barras, pesos y tornillos y arandelas y fabricó unas pesas guapísimas. Y como le quedaban chulas, fue haciendo más y más pesas. Chemari veía que el chaval hacía pesas sin parar, pero no se fortalecía, así que fueron al médico, y les preguntó: ¿Pero usté realmente hace pesas? Y Espinete dijo que hacía pesas como un loco, y Chemari dijo que era verdad, que él era testigo. Entonces el médico le dijo que a lo mejor si hiciera mucha bicicleta… Espinete compró ruedas y tornillos y arandelas y frenos y cachos de hierro y se puso a hacer todas las bicicletas que su economía le permitía. Pero nada. Seguía estando igual de mierdecilla.
Don Pimpón les dijo que lo mejor para ponerse fuerte era hacer mucha escalada. Espinete pensó que como Don Pimpón siempre estaba borracho, a lo mejor habría querido decir escalera. Y se puso a hacer escalada por los montes y acabó hecho un toro. Llegó a medir dos metros y medio, aunque dicen que la tele engorda mucho. Y por fin, un buen día, se llevó a Chemari a su pueblo, a ver a sus padres, porque llegaba con la idea de que su padre lo viera hecho todo un machote y le quisiera por una vez en su vida. Pero ya no había Puercospín Cerrado, por que lo habían asfaltado todo para hacer una autopista. Y allí, en el medio del asfalto, Espinete vió los restos de sus padres, que habían cruzado la carretera para hacer la compra. Su madre, con la cara aplanada contra el asfalto, le dijo, en un hilillo de voz, que había sido el príncipe Harry, en su descapotable de los sábados, quien les había pasado por encima. Espinete, un bicho rosa de dos metros y medio, clamó venganza contra Harry, una venganza que llevaba tiempo cociéndose.
Yo estaba allí mirando, porque estábamos pintando la autopista, y la verdad es que me acojoné. Pero aproveché la ocasión y le dije al Rupestre: Vés allí y dile que eres el príncipe Harry. Y en cuanto se lo dijo Espinete le dijo que él no era, porque lo había visto mil millones de veces llendo de putas y sabía que no era Harry. Entonces Espinete le preguntó que de parte de quién venía, y Rupestre me señaló y dijo que de parte del chico guapo aquel. Espinete me miró al principio cabreado, pero luego cambió a cara de enamoramiento, y la verdad, para qué engañarnos, a mí me moló que le pusiera, aunque no fuera mi tipo. Así que recogió a sus padres del suelo, aún con las bolsas de Alcampo, y les dijo mientras lloraba que los devolvería al lugar al que pertenecían. Y de una patada los mandó para un campo que estaba siendo abonado, y no al plus, precisamente. El principe Harry, que estaba visitando la autopista como artista invitado, paró a nuestro lado, y me preguntó si tenía papel. Yo le dije que si quería cagar había un bar en la siguiente manzana. Pero me preguntó que si tenía papel de fumar, y yo me indigné todo, porque ni que tuviera yo cara de porrero, oyes. Así que escondí el librillo y le dije que no. Y Espinete apareció a su lado y lo sacó del coche por la ventanilla, y el Chemari intentó pararlo, pero siempre que trataba de agarrarlo por la espalda, se pinchaba. Espinete mató al principe Harry, delante de nuestros propios ojos. Escaparon monte abajo, y Don Pimpón con ellos, aunque no estaba allí, pero si no, no tiene sentido después.

Vino la policía y nos empezó a hacer preguntas y yo dije que no sabía nada y el Rupestre dió nombres, apellidos y D.N.I.s. Yo volví a meterme el de ene i en la cartera, mientras le decía al Rupestre que se estuviera quieto. Espinete, Chemari y la otra cosa, sabiéndose perseguidos, recalaron en un tranquilo barrio llamado Sésamo, pero tuvieron que cambiar sus nombres y sus identidades. Los nuevos eran Hespinete, Chema el panadero, que seguía trabajando en la fariña, y Don Pimpón, que no se lo cambió porque, en realidad, era un policía de la secreta, y no le hacía falta. Y mientras esperaba el momento de trincar a Espinete, recordaba cuando era pequeño, y era un erizo hermosote y negrote, y su hermano recién nacido, un apestoso bebé rosa, le tiró caldo hirviendo por todo el cuerpo y lo dejó irreconocible. Su padre se avergonzaba de él y lo tiró por un barranco abajo. Y en barrio Sésamo se acostaba todas las noches con un cuchillo en la mano, mirando la cama de Espinete, intentando reunir valor mientras escuchaba el ruido lejano que hacía al rebotar en las rocas del barranco: pim… pom… pim… pom… pim… pom…
Óscar, te la dedico. Y si ves que no te gusta, te hago otra peor.






2 comments
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Diciembre 8, 2006 en 9:43 pm
descalza
XDDDD ¿Qué tal llors?
Pues por aquí, maik jajajaj
Diciembre 9, 2006 en 12:14 pm
tyler
Muchas gracias por las risas, para eso estamos. Jejeje…