“Esta historia no es ninguna idiotez, porque hoy soñé con una chica que se llama Belén, y me levanté algo triste.

Cuando era más chaval, iba todos los fines de semana a la aldea, que son cuatro casas en medio de un valle, rodeadas de tojos y con bostas por el suelo. Un día mi hermana Judhit vino con otra niña que debía tener 9 años o así, uno menos que yo, en cualquier caso. Me venían a buscar para jugar al escondite, y yo no quería, porque estaba muy feliz jugando a la megadrive. Pero allá fuímos los tres. Dando la vuelta a nuestra casa, nos esperaban Juan, un chaval que vive allí, y un niño rubio, muy delgado, que me miró con cara de odio, apoyado en la pared, y con un pié encima del balón más cotroso que he visto en mi vida. Yo todavía no sabía cómo se llamaban estos dos chavales, que al parecer eran hermanos. Así que nos pusimos a jugar al escondite, y yo rezaba para que no me tocara pandar, porque no me sabía sus nombres y no podría pillarlos. Y como era un poco idiota, y el rubio me miraba mal, tampoco se lo preguntaba. Pero por suerte le tocó pandar a Juan, y me dije “bien”, por que si yo ya era un hacha jugando al escondite, (y esto es totalmente cierto, si algún día hacen campeonato mundial, me apunto), Juan no era bueno pillando a los demás. Así que el chaval se puso a pandar y nosotros corrimos a escondernos. Yo siempre buscaba escondites desde donde se viera el sitio donde se contaba, que son los mejores porque dominas el cotarro. Así que decidí esconderme en alguno, no me acuerdo cual, sólo sé que llevaba a nuestra nueva amiguita pegada a mí todo el rato. Yo corría y ella me seguía. Y yo me pillo escondites para mí, pequeñitos, así que mientras Juan contaba, yo corría y corría, intentando librarme de la niña esa. Dimos toda la vuelta a la aldea, y al final nos metimos en el medio de las berzas. Allí estuvimos un buen rato, callados. Yo trataba de ignorar a la niña lapa esta. No sé qué pasó al final de esa partida, pero volvió a pandar Juan. Esta vez, mientras se contaba, corrí todo lo que pude para que nadie me siguiera, mientras daba la vuelta a las casas, para volver y esconderme cerca de Juan. Fuí al despiste, pero no había manera. La niña ya no corría detrás de mí, corría a mi lado. Y en dos segundos, ya iba delante. Aquello me encantó. Pero Juan ya había parado de contar, y nos pilló corriendo como idiotas. “Por Belén y por Rafa”. Ajá, así que te llamas Belén, ¿eh? Mi hermana ya estaba allí, mientras berreaba que ella se había librado. Juan bajó un momento a buscar al rubio y de repente le salió desde detrás de un cortello la cosa más rápida que había visto en mi vida, lo adelantó, y nos libró a todos. Juan dijo “me cago no Miguel de dios”. Muy bien, ya hechas las presentaciones, informalmente, ya sólo nos queda hacernos íntimos, que fue lo que pasó.
La primera vez que fuí a casa de Miguel y Belén, era porque me habían dicho que delante tenían un prado enorme para jugar al fútbol. Pero no era tal y como yo me imaginaba. El prado era perfecto, sí. Pero la casa era lo más triste que había visto en mi vida. Muy, muy triste. Está perénnemente rodeada de barro, tanto en invierno como en verano, la misma puerta por la que entran ellos, entran las dos o tres vacas que tienen, y los cinco o seis gatos. Al lado de la puerta de entrada está la cocina, siempre llena de moscas, con una bombilla amarilla, un arcón que hace de mesa, el fuego en un escalón en el suelo, debajo de la chimenea, (menos mal), una enana cocina de butano, y creo que nada más. Un año o así después de conocerlos, pusieron una tele que siempre se veía mal. Al otro lado de la puerta de entrada, está el cortello, con las vacas a lo suyo. Enfrente, el pasillo se divide entre las escaleras al piso, a la derecha, y el propio pasillo hacia la puerta de atrás, a la izquierda. Arriba dormían ellos, y si abajo ya era triste, arriba era más. Las camas, la madera, todo me decía que yo era un niño muy afortunado, sobre todo cuando no ví cuarto de baño alguno, y sí que ví una tina, en la que se bañaban. Todo esto no lo descubrí el primer día. Con ellos vivían sus padres y sus dos abuelas. De una de ellas casi ni me acuerdo, murió a los pocos meses que yo la conociera. Era muy vieja, y siempre me sorprendía que siguiera viva, sobre todo viendo dónde vivía. La otra abuela estaba ciega, aunque tenía un sexto sentido para saber dónde andaban Belén y Miguel y pegarles bastonazos. La verdad es que todos los bastonazos se los merecían, pero esto lo digo ahora, porque ninguno de los tres éramos angelitos en aquella época. El padre era un auténtico borracho, que fumaba celtas. No trabajaba, de vez en cuando se metía en una especie de cabaña a hacer algo, pero trabajo, ninguno. La madre sí que trabajaba allí. Era como Belén, pero con la edad de mi madre. Y ella lo hacía todo, por lo menos hasta que los hijos cumplieron un par de años más. Pero ella tampoco me acababa de gustar. Siempre estaba hablándome y preguntándome cosas sobre mi madre y mis abuelos. Una cotilla que me idolatraba, no sé porqué, y cada vez que me veía se alegraba y me preguntaba.
El caso es que Miguel era un artista con el balón. Realmente bueno. Y Belén… estaba muy enamorada de mí. Los tres nos dedicábamos a jugar con la pelota, y cuando venía el padre, nos divertíamos más, porque como estaba borracho, era muy divertido hacerle filigranas y verlo pegar patadas al aire y caerse. Él también se lo pasaba en grande, porque no paraba de reir, aunque nunca aguantaba más de un cuarto de hora. Juan y yo vivíamos a diez metros, y en una situación normal sería más amigo suyo, pero nunca quería venirse conmigo a ver a Miguel y Belén, lo cual no me extraña, porque ellos serían geniales, pero lo que les rodeaba… a mí lo único que realmente me disgustaba era los perros que tenían. Ninguno, de los cuatro o cinco que tuvieron, me quiso nunca. No me mordieron, pero yo tampoco les daba motivos. Lo peor era si iba alguna vez de noche a su casa. Ladraban como condenados, y yo siempre tenía que esperar a que alguien saliera a la puerta para poder acercarme.
Pasaban los años y los tres éramos inseparables. Yo siempre estaba en su casa, y rara vez bajábamos a mi aldea, a no ser que vinieran Celia u otros primos, entonces nos juntábamos todos y hacíamos partidas al escondite memorables. Una señora del lugar llegó a decir que Miguel y yo nos teníamos que casar. Y no lo dijo con mala intención, lo puedo jurar. Pero Belén siempre andaba detrás de mí. Mi madre llegó a decirme que tuviera cuidado con ella, porque la verdad es que los dos ya estábamos bastantes creciditos, y supongo que lo dijo porque no quería ser abuela tan pronto. Por cierto, una vez mi abuela nos vió bañándonos en un pilón para lavar la ropa, y subió toda loca hacia la casa, a decirle a mi madre que estábamos desnudos. En realidad estábamos en ropa interior los tres, pero mi abuela es así… Es que cuanto más tiempo pasaba con Miguel, más pensaba yo que , gamberradas aparte, nunca vería persona más buena que él, pero cuanto más tiempo pasaba con Belén, más me asilvestraba. Ella era genial. Las leyes sociales se las pasaba por el forro. Éramos unos ladrones, unos verdaderos bandidos, que sabían perféctamente cómo esconderse de los demás y hacer las mayores trastadas. Prados, ríos, arboredas e pinares que move o vento, nos los recorríamos todos de arriba a abajo, del derecho y del revés. Juan mientras, se dedicaba a pescar con otros chavales, todos geniales, pero ninguno como Miguel y Belén. A nosotros eso nos aburría, preferíamos robar manzanas de algún árbol ajeno, o robarle celtas al padre.
Pero un día Juan y los otros se fueron a pescar, y yo me quedé con los dos hermanos. Era verano y hacía un calor… Así que decidimos que si no íbamos a pescar, iríamos a visitarlos y a tomar un bañito. Ellos no sabían nadar, pero es que hacía mucho calor, y por refrescarse algo en la orilla, no tenían problema. Bajamos al río por un lugar que ninguno de los tres conocía, pero nos daba igual, porque si los otros habían ido por ahí… Tengo que decir que Miguel sólo llevaba un pantalón corto y unos tenis, como yo. La camiseta nos sobraba, y yo de aquella estaba tan escuchimizado que no tenía complejo ninguno, si acaso, de palillo. Pero Belén llevaba un bikini verde clarito, y la parte de abajo era como un culotte, o como se escriba, y me encantó. Nunca había tenido un deseo sexual, o por lo menos nunca sabía lo que era, hasta ese momento. Y en ese momento, creedme, pensé cosas muy cerdas. Belén bajaba delante, abriendo camino, y yo no podía dejar de mirarle la espalda. Tenía un cuerpo precioso. Y creo que me empezó a gustar de aquella, pero no pasó nada, porque a los pocos días, o a los pocos meses, no me acuerdo, conocí a Isabel, que era aún más salvaje que Belén. En realidad era como una versión mejorada, pero eso igual lo cuento otro día. Mientras yo miraba la espalda de Belén, llegamos al río. Y como ni veíamos a los demás, ni los escuchábamos, tiramos hacia la izquierda, porque sabíamos que por ahí se iba hacia un puente por el que pasa la carretera, y si no encontrábamos a los otros, pues subíamos y pirábamos para casa.
El recorrido por el río fue de lo mejor que me ha pasado nunca. De hecho, lo menciono al principio del otro blog, como uno de mis mejores recuerdos. Todo el rato anduvimos dentro del agua, mojandonos los tenis, escalando rocas altas y, lo más importante, ¡descubriendo molinos! El más flipante era uno que estaba al lado de una pequeña caída de agua, y que tenía dos pisos, y aparte el bajo. Cuando entramos en este, vimos que de descubridores no teníamos nada, porque las paredes estaban todas pintarrajeadas y con fechas que eran demasiado próximas. Habían sido los del Val, unos que tenían un par de años más que yo, que iban allí a emborracharse. Cuando tuve edad para emborracharme, me hice amigo de ellos. El molino este me había impresionado, y durante los siguientes años llevé allí a Nes, Vidal, Celia, Eva , Gaizka, Xiana, y a alguno más, seguro. Y si alguien viene algún día a la aldea, también se lo enseñaré. Ese día fue de los mejores.
Isabel se nos sumó al grupo, para desgracia de Belén. A mí me encantaba, y a veces dejaba a todos tirados para ir a buscarla a su casa, porque vivía bien lejos. A veces me enfadaba con Isabel, o ella conmigo, y yo volvía con Juan y los dos hermanos. De la última época que pasé con ellos, recuerdo la muerte de la abuela ciega, cuando nos íbamos a pescar de noche (porque si era de noche, nos parecía más divertido, por aquello de la nocturnidad y la alevosía), y la portentosa caza al jabalí. Resulta que el animalillo se dedicaba a estropearnos el maiz, y debajo de mi casa era donde mejor se lo pasaba. Así que una noche fui con Belén, Miguel y Juan y decidimos pasar la noche en el maizal de debajo de mi casa. Y cuando escuchamos al jabalí, saltamos como locos y corrimos por el medio del maiz, sin palos ni nada, hacia el bicho. El animal nos oyó y salió por patas, mientras nosotros hacíamos verdaderamente el animal por el medio del maiz, destrozándolo todo, enfocando con focos lo poco que veíamos del jabalí, gritando como trogloditas y riéndonos sin parar. Seguimos al pobre animal hasta fuera del maizal, y la verdad es que lo poco que veíamos de él , era bien grande. Y ahí estábamos los cuatro, completamente locos, prado abajo, persiguiendo un jabalí enorme. La verdad es que cuando se escapó, no sé quien fue el primero que dijo que menos mal que no nos hizo frente, por que nos podría haber sido mucha hora. Lo pensamos todos, y era verdad. Entonces a Juan se le ocurrió hacer el capullo con el foco, y gritar que volvía el jabalí, y subió prado arriba como una bala. Nosotros tres no habíamos visto nada, pero no queríamos esperar a ver si era verdad, y subimos más rápido de lo que bajamos. Juan nos esperaba arriba descojonándose.
Pasaron muchas cosas más, sobre todo con Juan e Isabel. Borracheras en la iglesia, visitas nocturnas al cementerio, partidos de fútbol, robos y más robos… Pero Belén se fue a trabajar a As Pontes, yo iba cada vez menos a la aldea, y Miguel, después de un año trabajando en electrónica, se marchó sin un duro a Canarias. Hace cuatro o cinco años, Nes y yo solíamos ir a As Pontes, donde volví a ver a Belén. Seguía exactamente igual, aunque bastante más mujer. Nos estuvo invitando a cubatas, porque era camarera, y yo, quedé con ella borracho, a las seis de la mañana, cuando acabara de trabajar. Pero nos fuimos para casa del primo de Nes, a eso de las cinco y algo, y quedamos desbarrando en la cocina. Cuando el reloj dió las seis, Nes me recordó que había quedado con ella, y yo, totalmente borracho, me empecé a reir de la situación, y me fuí para cama. Cuando tiempo después me fui a Canarias con mi padre, estuvimos a mensajes todos los días. Me alegraba bastante.
La volví a ver más veces trabajando, o de fiestas, pero siempre estaba acompañada, y creo que nunca con el mismo chico. Una de estas veces fue cuando bajamos a As Pontes una vez que Miguel estaba aquí, y nos llevó a Celia, a los gemelos y a mí. La volví a ver dos veces más. Una en Coruña, mientras yo estaba pintando un paso, y ella apareció por una esquina, muy morena, y al momento giró hacia la playa. La estuve mirando todo el rato, pero ella no me vió. Ni me moví, lo cual me jodió bastante. A los pocos meses murió su padre, porque el hígado ya no daba para más. Yo estaba en pleno trabajo de la autopista, y no me atreví a pedir permiso para irle al entierro. Le pedí a mi madre que les diera un beso y un saludo. Mi madre se los dió, y me dijo que Belén también me los mandaba a mí. Miguel no había podido ir porque no tenía pasta para subir desde Canarias, aunque yo sé que le daba casi igual que se muriera. La última vez que la ví, fue el día de navidades del año pasado. Celia y yo habíamos bajado al río a hacer fotos y grabar con el vídeo. Cuando volvíamos le pedí a Celia hacer una paradita en donde ellos vivían. Y volví a ver la casa rodeada de barro, y un perro poco cariñoso salió a recibirme. Miguel salió a la puerta y alejó al perro. Me recibió y entramos. Belén y la madre estaban en la triste cocina. Todos nos alegramos mucho de vernos. Miguel estaba aún más alto que yo, y Belén ya era toda una señora.
Todo esto viene a que hoy soñé con Belén, y me levanté tristón, porque nunca volveré a ser tan libre y salvaje como cuando estaba con ellos y eramos niños o adolescentes. Es algo de lo malo que tiene hacerse mayor.”

Bien, hasta aquí la historia que tenía escrita en blogger, pero resulta que no se ha acabado. Este verano pasaron más cosas, aunque antes de contarlas, damos paso a la publicidad.